La haba de Huétor vive su momento más dulce
Ajeno a la crisis, el producto de la vega tiene compradores en toda la geografía nacional. ¿La clave? Su sabor único. «Las habas de abril, para mí. Las de mayo, para mi caballo». El sabio refranero popular nos pone en alerta. Es el mes de las habas. Pero no de cualquiera: las de Huétor están consideradas las más exquisitas del mundo. Y nadie parece conocer el motivo de este prodigio agrícola. ¿Será la tierra? ¿Será la vega? ¿Por qué solo la haba verde de Huétor Vega posee semejante dulzor? «La clave está en el suelo. Este sabor solo lo encontramos en las habas de Huétor hacia arriba. En otros pueblos, la tierra es más fuerte y fértil. Incluso rinden más. Pero no saben igual. Ni por asomo. Esto es un misterio y lo seguirá siendo. Otros la siembran y no lo consiguen. Algo tendrán el suelo de Huétor y también el agua del río Monachil, con la que la regamos», explica Eladio, veterano conocedor de la materia, exganadero y curtido agricultor hueteño.
E.T.
Miércoles, 20 de abril 2016, 07:33
Son las diez de la mañana y los coches van y vienen por la circunvalación. La vega hueteña luce su esplendor. La temporada alta de ... la haba es breve ?solo dura un mes? lo que multiplica el interés de los consumidores. Tanto la de los de la provincia de Granada y como la de los sibaritas astutos del resto de la geografía española. Se trata de un negocio pequeño, espartano, pero ajeno a los reveses de la crisis. Una tradición heredada de padres a hijos. Agricultores de largas generaciones que mantienen el encanto de un producto único. Sin aditivos químicos ni tratamientos sintéticos. La haba se arranca, se vende a pie de carretera y se come tal cual. Su dulzura define la singularidad de la cocina de la zona.
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Entre Monachil y Huétor Vega, junto a una gasolinera, Chari no para de recibir clientes que apean sus coches para llevarse una bolsa. Durante la primera semana de abril, las vende a tres euros el kilo. Ahora, baja a dos euros. Y como si fueran rosquillas: la retahíla de compradores resulta incesante. «No sabemos si es por el agua o por la tierra. La pruebas y se deshace en la boca. El sabor no es áspero. Viene gente de Sevilla o Málaga que se llevan cuarenta kilos de golpe. Mandamos pedidos a Galicia, Barcelona o Madrid. Mi suegra se ha tirado toda la vida vendiendo habas. Y mi marido. Se venden como siempre, a rabiar», confiesa. «Hay quien vende habas de Churriana o Fuente Vaqueros, pero ya no es lo mismo», remata.
Entre tanto, Chari agarra el móvil. En cuestión de minutos ha vendido todas las habas verdes que tenía y llama a dos compañeros que las recogen a los pies de Huétor Vega, mientras transitan los coches, en ese decorado de fondo con Sierra Nevada aún blanca y la ciudad al otro lado. Llevan un cubo colgado en la espalda a modo de mochila. Risueños, como el ambiente primaveral que baña la vega, agarran la planta herbácea y la arrojan al depósito en un mecánico movimiento de brazo. Desde la carretera se divisa el manjar verde. No son pocos los conductores que paran para llevarse unas habas.
Un regalo del cielo
A unos metros, en el semáforo de la intersección que separa Monachil de Huétor Vega, Miguel muestra sus cajas de habas recién cogidas. Es un agricultor de los de toda la vida. Con boina campestre y semblante rústico. Sus padres y sus abuelos se dedicaron al campo. Y él piensa continuar haciéndolo: «mientras dure el campo», dice. ¿Su respuesta al misterio de la sabrosa haba de Huétor? «Es lo que da el cielo», afirma lacónico. «No le echamos abono, nada de porquerías. Tarda mucho en producirse y cuesta mucho trabajo. Luego se ponen duras. Estas habas hay que disfrutarlas ahora, porque no va a probar usted nada parecido. Ande, tómese una».
Miguel pasa la mañana sentado. Los coches evocan el estrés de la vida cualquier día laboral. Pero su mirada se pierde en la vega hueteña. Como si esa tierra le susurrara todo el tiempo. Estaciona su vehículo un almeriense que le compra seis kilos de habas verdes. Miguel las vende con gesto iluminado. Así es y así será, al menos, mientras dure el campo.
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