Cuando el objetivo mira al duende

Naemi Ueta, junto a la fotografía de Manolete, en el Museo del Vino y Flamenco de Huétor Vega.
Naemi Ueta, junto a la fotografía de Manolete, en el Museo del Vino y Flamenco de Huétor Vega. / D.L
  • La fotógrafa japonesa Naemi Ueta instala en Huétor Vega la colección ‘Inori’, un compendio de imágenes que ahondan en la espiritualidad de los artistas del flamenco

Suena el rock andaluz de Triana mientras la imagen gigantesca de Manolote, el coreógrafo y bailaor del Sacromonte, desafía un plano gobernado por la Alhambra. Esta fotografía tremenda recibe a los visitantes del Museo del Vino y Flamenco de Huétor Vega. La fotógrafa japonesa Naemi Ueta ha instalado en la galería la muestra ‘Inori’, que significa rezo, oración. Así entiende el duende la artista, afincada en Granada desde hace dos décadas. El recorrido por las casi 40 obras que componen la exposición traza una mirada externa del flamenco. «En Japón hay un alto índice de suicidios. Esto ocurre porque la sociedad se ha llenado de materialismo. Han olvidado los valores de la vida. Los flamencos están repletos de vida. El detonante para mí fue la foto de Manolete, que refleja el sentido del flamenco y su profundidad», reflexiona la autora.

‘Inori’ se puede contemplar hasta el 6 de noviembre, de 12.30 a 15 horas. Un trabajo de seis años en el que Ueta proyecta el lado menos evidente de figuras como José Enrique Morente, Fuensanta ‘La Moneta’, Antonio Canales, Carmen Linares o El Lebrijano. «De los andaluces me gusta la libertad de pensamiento y la capacidad para amar las cosas básicas de la vida. Los flamencos no se rigen por las modas. Aprecian los placeres a pesar de la pobreza o del panorama político. Y saben compartir las penas», explica la fotógrafa, que ya piensa en el lanzamiento de un libro con las intrahistorias de este proceso.

En el kilómetro cero, la tragedia: Enrique Morente fallece en diciembre de 2010. «Lo conocí en la peña La Platería, de la que éramos socias mi hija y yo. Morente siempre fue campechano, cercano». El hijo del cantaor, José Enrique, Kiki, aparece en la silla favorita de su padre. Naemi Ueta ha dedicado gran parte de su carrera profesional al interiorismo. De ahí que varias de las obras de ‘Inori’ acudan al entorno más íntimo y doméstico de los artistas. Antonio Canales está en el patio de la casa de un ilustre del flamenco granadino, Jaime Heredia ‘El Parrón’. «La exposición se llama ‘rezo’ porque así veo yo el flamenco. Es un arte primitivo que nace de una necesidad. Es como la artesanía. Mis fotografías no buscan el arte por el arte: son una manera de documentar», afirma Ueta.

Proyección internacional

Naemi aterrizó de un país en el que, en contra del tópico, el flamenco era un género desconocido. Lo que le llegaba era el cliché comercial: Ketama y los Gipsy Kings. Los segundos obraron el milagro de despachar rumba a granel en todo el planeta con un cantante que ni siquiera hablaba castellano. Como a todos, a la nipona le costó familiarizarse con los palos. Al principio, el flamenco no le entraba. Optó por intentar aprender a bailar. Y acabó comprándose una cámara réflex. Ahora, la fotografía monopoliza su actividad. En 2015 paseó estas instantáneas por Tánger. «Quiero que ‘Inori’ goce de proyección internacional», apunta.

El público de Huétor Vega puede ver a El Lebrijano, fotografiado poco antes de morir. También al guitasrrista local Luis Mariano en un secadero de tabaco. A Rafael Riqueni en la cocina de la familia Morente, donde la música brota entre peroles. O el baile de Rafaela Carrasco en una fábrica de ladrillos de Víznar. O Duquende, Diego del Morao y Juan Habichuela Nieto. «Quería expresar lo que no podía contar con palabras, porque encontré el duende flamenco pero no sabía cómo explicarlo», detalla Naemi Ueta en el museo enológico del pueblo. Así, La Moneta luce garbo en Padul, mientras que Gerardo Núñez es inmortalizado en su vivienda de Sanlúcar. Por su parte, Carmen Linares abre las puertas de su salón en Madrid.

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