Alfonso Gil Bracero
«En mis dos novelas, las protagonistas son mujeres»
‘Nosotras que salimos de un infierno’ es el segundo volumen que publica este hueteño adoptivo, que fue productor en Canal Sur
Huétor Vega
Hueteño adoptivo, Alfonso Gil Bracero ejerció como productor de televisión en Canal Sur durante más de tres décadas. También enseñó en su día a universitarios —como el arriba firmante— los mecanismos de la ficción audiovisual. Quizá por eso se permite escribir novelas gruesas, zigzagueando por episodios históricos sin descuidar lo importante: cautivar la retina del lector. Tras ‘Los Avanzados de Ahabul’, volumen con el que se estrenó hace casi tres años, ahora publica ‘Nosotras que salimos de un infierno’ (Esdrújula). La España del siglo XX, desde un prisma femenino y entre cuadernos, cartas y voces cruzadas.
–‘Los Avanzados de Ahabul’ era una novela prolija. No parecía la obra de un escritor debutante. ¿Qué tiene en común con esta segunda?
–Si hablamos de prolija en el sentido de extensa y cuidada, sí. En esta ocasión la narración es algo más corta y la prosa es también más fluida. Por lo demás, el género cambia radicalmente. Abandono toda fantasía para moverme ahora en un realismo emocional, donde los personajes cuentan las vicisitudes compartidas, las razones o sinrazones desde su más descarnada realidad.
–Se mezclan patrones literarios muy diversos: la novela histórica, el dietario —que Josep Pla o César González-Ruano convirtieron en un arte—, el relato psicológico…
–Mi planteamiento desde el inicio era contar la historia en primera persona. Quería un narrador interno. En este caso, una narradora que aportara los hechos que le acontecían y la propia valoración de los mismos. La fórmula epistolar o del diario, desde el principio, fue también el formato que me pedía la historia.
–¿Cómo nació la idea de este libro?
–Como todas las historias de ficción, por muy descabelladas o locas que sean, parten de una base real. Y en esta historia su idea núcleo parte de una experiencia personal originada en una excursión a la alta sierra de Trevélez hace ya muchos años, en mi juventud veinteañera.
–Son casi quinientas páginas que retroceden desde la España de Felipe González con chaqueta de pana en 1982 a la Transición. Y de ahí al final de la guerra y la dura posguerra.
–Al final de la contienda, la mal llamada paz no fue sino una tremenda travesía llena de miserias, terror y miedo. En los primeros años cuarenta se unió además una sequía que vino a aumentar el escenario de escasez. La hambruna fue un personaje frecuente, sobre todo entre los años años 45 y 47, y los que más la sufrieron fueron los represaliados por la dictadura. Si además le unimos el criminal rastro que sembró de muerte el cese de la guerra, los fusilados y muertos por dejación total de cuidados entre los encarcelados (enfermedad, condiciones inhumanas), fueron no menos de 250.000 los muertos en la posguerra. Una cifra que se aproxima a la mitad de las muertes en combate. Una auténtica masacre. Esto hay que tenerlo presente, ahora que parece que algunos añoran ese pasado, tal vez por desconocimiento de lo que eso significa o porque son de los del bando beneficiado, con lo cual aún da más miedo.
–¿Hay referencias maquilladas?
–En cuanto a lugares, los que cito son reales y sus nombres también: los Trances, río Culo Perro, el reformatorio… Para este me inspiré en el de San Miguel Alto, por encima del barrio de Haza Grande. Los personajes, todos, son inventados.
–La llama «sierra de Nevada».
–Quería crear un espacio referenciado con Granada pero con vida propia dentro de mi imaginario literario. En él habitan sitios conocidos con otros recreados a partir de los existentes, acomodándolos a las exigencias de la narración. Nada particular, pues el narrador, en este aspecto, tiene potestad para ello, como un pequeño semidiós… Prebendas de la ficción.
–¿Un título cuyo sujeto es ‘Nosotras’ predispone al lector?
–Claro. Ese título en primera persona de mujeres ya nos predispone a escuchar sus confesiones. Nos invitan a saber de esos infiernos por donde han pasado. Y lo hacen desde una escritura directa, como la epistolar o la de los diarios.
«Abandono toda fantasía para moverme ahora en un realismo emocional, desde una realidad descarnada»
–Irene y Nanda son supervivientes. En un tiempo en el que parece haber dos caminos: la muerte o la locura.
–Y un tercero, que sería la supervivencia. Este es el grueso de la narración, que está hecha de los dos recuerdos de las vidas de esas mujeres. La relación entre ellas es como el Guadiana: en un punto desaparece y en la lejanía temporal y emocional vuelve a emerger.
–El punto de partida es muy potente. Comienza con una confesión atroz de la protagonista, Irene. ¿Cómo condiciona eso al desarrollo?
–Sí, ese comienzo es un momento muy fuerte, que parece no tener una réplica a la altura de ese tremendismo inicial, aunque luego vemos que se nos describen escenas que pueden generar sensaciones tan duras como aquella. Es el personaje que ejecuta esa acción tan tremenda y que capitaliza el protagonismo de la historia, pero sorpresivamente aparece otro personaje, que es Nanda, que acabará poniéndose a su nivel, incluso superándolo.
Contrastes
–¿Cree que la posguerra se ha contado demasiado desde la perspectiva masculina?
–Creo que las historias de la posguerra y muchas otras se han visto desde la mirada masculina. A mí me resulta fácil y preferible meterme en la visión femenina de las cosas. No sé si lo consigo o no, pero me es más cómodo hacerlo desde la óptica femenina. En mis dos novelas, las protagonistas son mujeres.
–Hay contrastes geográficos: la alta sierra de Trevélez y Madrid.
–En efecto, es un largo viaje desde el origen de la tragedia hasta otro momento traumático que une a las dos protagonistas. Lugares distantes y situaciones emocionales cercanas que acaban reuniéndolas de nuevo al cabo de más de treinta años. Un periplo que cada una recorre según su suerte y culmina en el punto de partida que dejaron en su juventud en el reformatorio de Nevada, es decir, en la imaginaria Granada del autor.
–Un sitio como Huétor Vega, entre la vega y la sierra, ¿sería un buen escenario para una novela?
–Pues sería un buen fondo para contar la paulatina desaparición de la vida rural: viñedos, bodegas, costumbres alrededor del vino, familias enfrentadas que se dedicaban a ello… Y para narrar la entronización de la quizá inevitable concepción urbanita del presente, que arrastra tradiciones, faenas y labores ya irrecuperables.